Sientes algo. Y no sabes de dónde viene.
Te despiertas con un peso en el pecho que nadie puso ahí. Sonríes en el trabajo mientras algo dentro se quiebra sin permiso. Lloras viendo una escena cualquiera, y no entiendes por qué.
Te dijeron que era debilidad. Que era hormonal. Que era exageración. Que rezaras más. Que pensaras menos. Que controlaras lo que no se controla con voluntad.
Y así, año tras año, aprendiste a desconfiar de lo que sientes. A esconder lo que duele. A negar lo que arde. A vivir en una casa donde no sabes qué emoción vive en qué habitación.
Solo nunca te dieron el mapa."
Porque las emociones no son enemigas. Son mensajeras. Cada una con una frecuencia. Cada una con un código. Cada una con una puerta que la historia cerró — y que tú puedes volver a abrir.